miércoles, 5 de enero de 2011

Gulp, Gulp, llegamos al pueblo, donde nos espera un apasionante concierto de acordes rockeros, bañados en las mejores guitarras y marcando el ritmo de la noche unos certeros baquetazos contra nuestras entrañas.

Un puto atasco de ginebra, una serie de líneas rectas, puntos muertos que no dejan ni quemarte por dentro a base de un trago que nos ayuda a dejar abandonado lo que nos preocupa, las prisas por pasar un semáforo, enervado por un domingo más de resaca, aburrido parado delante del abismo del televisor. Pero algo me da que pensar de que el día del Señor, va a ser mi día, voy a ser el auténtico Mesías. No sé si es por la cebada que ya es la sangre de mis venas o por haberte visto en la primera fila, al borde del escenario, sin querer retroceder.

Así que una vez más, se me pasa una vida entera por la cabeza sin ti, y mi instinto me dice que no merecerá así que desnudo a mis miedos, los visto con las galas de mis sueños, de un salto me acerco hacia ti, me llevas al extremo del planeta, me tiro de cabeza, y veo que tus labios están ahí, con los que voy a luchar hasta la campana del final del último asalto, coger un megáfono gritar tu nombre para que todos se enteren que ahora duermo en tu cama y que gracias a ti, me has traído el universo con nada más que un beso.

A las 2 cuando agonizaba el concierto decidí apostar todo mi crédito en un mano con un 1 % de probabilidades de resultar ganadora, porque yo puedo estar borracho pero no me pierdo, voy pasito a pasito, siguiendo el hilo de la felicidad y la euforia, que no me lían ni con espirales ni con probatinas raras. Has hecho que la luna me sepa a regaliz, que no puedo parar de disfrutar de que estés feliz y a no poder dibujarme una vida sin ser tu soldado, a defender la bandera de tus lágrimas y de haber conseguido dejar la conversación silenciosa de mi soledad.

Todo por seguir un puto impulso, a ser imprevisible, a que no me importen podridas consecuencias de mi actos, descolgado de baladas románticas y perseguir lo que no es fácil, a aparcar la ausencia de mi corazón latiendo, a ser el Rey de Corazones, el Capitán Garfio. Pero al fin y al cabo soy un hombre normal, al que le tiemblan las piernas cuando me vuelves a besar.

Amanece el domingo, yo, tumbado en tu cama, o ¿era la mía? ¿Todavía estaba ebrio? ¿Era ésto el principio del fin? Tenía tu recuerdo muy presente, no era posible que la cerveza me hubiese hecho ese flaco favor. Me reincorporo con la resaca en la punta de mi lengua y no reconozco esa habitación, peinada por osos que me devoran con sus miradas. Y como vi que no volvías o que quizás nunca hubieses estado, me dispuse a escribirte una nota, sencilla, escueta, poniendo sólo que quiero volver a escuchar nuestro labios y a repetir las carcajadas que te robé. Me toca marcharme, me visto y me largo.

Gulp, Gulp, llegamos al pueblo, donde nos espera un apasionante concierto de acordes rockeros, bañados en las mejores guitarras y marcando el ritmo de la noche unos certeros baquetazos contra nuestras entrañas. Me coloco en la primera fila y noto una mano en el bolsillo de atrás de mi pantalón, una foto de los dos, me giro y veo que todavía estás ahí, vuelvo a disfrutar de tu roce, comprendo que sólo vas a estar a mi lado cuando el rock suene, cuando los látidos marquen el compás de los dos, cuando los dos escuchemos, sintamos y disfrutemos de música de palabras.

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